Que la barra sea brava…pero alentando

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Uno de los problemas más graves que afecta a nuestra sociedad es el de las ‘Barras Bravas’, en la cual se hace evidente otras fallas estructurales en el sistema como la pérdida de valores, falta del sentido de familia y la ausencia de respeto por la vida humana, la propia y la del prójimo.

Hace algunos meses presenciamos cómo este grupo de personas que se esconde bajo el apelativo de ‘barristas’ han asesinado a una chica inocente que no tenía nada que ver con el fútbol ni la violencia, la cual su único error fue el estar en el lugar y momento equivocado.

Me pregunto por qué tenemos que esperar a que sucedan tragedias como la de María Paola Vargas para entender la dimensión de este problema social. La única respuesta que salta a la vista ante los hechos, es que no hay capacidad para resolver un problema estructural, es más, ni siquiera, han planteado una solución. Y es que las ‘Barras Bravas’ no son nuevas, hace más de una década forman parte de nuestro día a día.

La única esperanza que tenemos es combatir desde raíz todo lo que ha generado estos grupos. Es hora de que los clubes tomen responsabilidad en el tema y reviertan esta situación con apoyo de la policía. Para ellos es importante estudiar detenidamente el Código Penal, ya que debemos contar con las herramientas jurídicas adecuadas para enfrentar con éxito este fenómeno. El empadronamiento que se empezó a realizar el año pasado es un punto de partida pero aún queda mucho por hacer.

Por ejemplo, en Europa se dan sanciones ejemplares a este tipo de casos. Hinchas que se meten a la cancha, que golpean a un rival o que causan desorden en la tribuna son castigados incluso de por vida, nunca más dejándolo entrar a un estadio. Estas deberían ser copiadas por las autoridades correspondientes.

Para empezar esta reestructuración y evitar la violencia en los estadios, los dirigentes de los más importantes clubes deberían ponerse una mano al pecho y dejar de regalarles entradas a los barristas, que incluso se pelean hasta la muerte por estas, haciéndoles entender que su función no es sembrar el pánico sino alentar a su equipo. El fin es que la sociedad pueda vivir en paz y que el fútbol vuelva a ser un espectáculo que no ahuyente a la familia por la violencia causada en las tribunas.

Una misma necesidad se comparte en las mesas de los comedores populares

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Ocho en punto de la mañana, jubilados con papeles y sin ellos, vendedores ambulantes, lustrabotas, cuida carros, guachimanes, trabajadores del sistema que los llaman independientes, ciudadanos de todas las edades y de ambos sexos, todos con una historia diferente pero con una misma necesidad esperan que se abran las puertas del comedor popular.

Tras una agotadora mañana, subiendo y bajando microbuses, Antonio mira su reloj esperando que marque las ocho de la mañana para poder tomar un desayuno a solo veinte céntimos, que consta de una taza de cuaquer y cuatro panes que le tendrá aguantar hasta la hora del almuerzo. A las nueve y cuarto el comedor queda vació, poco a poco los comensales regresan a su realidad. El cachuelo, las limosnas, el trabajo mal pagado, ganarse unos cuantos centavos para el almuerzo del medio día y el pasaje de regreso a casa.

Comida a granel, nada de glamour simplemente espantan el hambre, menús por un sol para calmar estómagos vacíos Los comensales empiezan a caminar con pasos apresurados para poder alcanzar una ración de comida, aquí comer no es placer sino una necesidad, en la larga cola que se va formando no encontramos apetito sino hambre todos en fila, en una misma mesa, trabajadores, vagos, maleantes y hasta héroes. El menú del día; de entrada un tazón de concentrado de morón con verduras, plato de fondo unos gruesos tallarines rojos con trozos de pechuga de pollo y, por último, de postre, un cucharón de mazamorra a base naranja.
Afuera, una larga fila espera con ansias la comida de cada día.

Frente a la plaza Manco Cápac se encuentra el comedor popular Nº 2 del distrito de La Victoria en la transitada y contaminada avenida.

Antonio de cuarenta y dos años, nacido en Lima, victoriano como el Alianza Lima del cual es hincha a morir. Casado y padre de seis hijos, de los cuales no ve hace muchos años, “los extraño, quisiera volver a verlos”, dice con nostalgia, tras recordarlos.
Dejo de ver a su familia hace diez años, por un error que ahora se arrepiente.
Las drogas invadieron su vida pocos años después de tener a sus hijos,”las drogas es lo peor que puede existir, te destruyen la vida, no te das cuenta de las cosas que haces, te vuelves loco”, se expresa con total seguridad y energía.
Ya han pasado dos años, y Antonio se siente totalmente recuperado, dice que ni la psicología ni las medicinas lo sanaron, solo lo pudo superar abriendo su corazón a “Diosito” como él lo llama. Estuvo internado en una casa hogar llamado “Jehová es mi pasión”. Aunque en un principio fue duro para él, la enseñanza de la palabra de dios y estar alejado de la calle durante meses, lo ayudo mucho para superar este mal que lo carcomía día a día.
Ahora se dedica a ayudar a reparar autos, como el mismo nos cuenta tubo un poco de suerte al encontrarse con un viejo compañero de carpeta de la secundaria que tiene su propia mecánica, el se arriesgó a darle una mano y hasta ahora no lo ha defraudado, gana para el alquiler de su cuarto y en su alimentación básica.

Don Manuel, es un lustrabotas que día a día trabaja para poder sustentar sus comida y su pasaje de regreso a casa, si tiene suerte saca quince soles al día y si es un día malo no alcanza ni para el pasaje, me cuenta que fue profesor, pero los malos hábitos no le permitieron cumplir los años necesario para poder jubilarse, de cuadernos y libros pasó sin darse cuenta a zapatos ajenos. Para él hace varios años ya tiene establecida la rutina de trabajar en las calles y almorzar en el mismo comedor.

Camino unos pasos, mientras que van avanzando uno a tras de otro, hasta llegar a la puerta principal; donde una señora acompañada por una vieja carretilla, ofrece diversos artículos, entre cubiertos descartables, pequeños sobrecitos de ajinomoto, trozos de limón y bolsitas rellenas de ají, que los q tiene un par de monedas mas compran para poder echarle a su plato de comida para que tenga un sabor mas a comida.

Más de mil ciudadanos de todos los distritos de Lima pasan diariamente por el comedor popular, que por los menos les brinda un poco de comida por unos cuantos centavos que tratan de recolectar durante el día para poder desayunar i almorzar y les dure hasta el día siguiente.