Uno de los problemas más graves que afecta a nuestra sociedad es el de las ‘Barras Bravas’, en la cual se hace evidente otras fallas estructurales en el sistema como la pérdida de valores, falta del sentido de familia y la ausencia de respeto por la vida humana, la propia y la del prójimo.
Hace algunos meses presenciamos cómo este grupo de personas que se esconde bajo el apelativo de ‘barristas’ han asesinado a una chica inocente que no tenía nada que ver con el fútbol ni la violencia, la cual su único error fue el estar en el lugar y momento equivocado.
Me pregunto por qué tenemos que esperar a que sucedan tragedias como la de María Paola Vargas para entender la dimensión de este problema social. La única respuesta que salta a la vista ante los hechos, es que no hay capacidad para resolver un problema estructural, es más, ni siquiera, han planteado una solución. Y es que las ‘Barras Bravas’ no son nuevas, hace más de una década forman parte de nuestro día a día.
La única esperanza que tenemos es combatir desde raíz todo lo que ha generado estos grupos. Es hora de que los clubes tomen responsabilidad en el tema y reviertan esta situación con apoyo de la policía. Para ellos es importante estudiar detenidamente el Código Penal, ya que debemos contar con las herramientas jurídicas adecuadas para enfrentar con éxito este fenómeno. El empadronamiento que se empezó a realizar el año pasado es un punto de partida pero aún queda mucho por hacer.
Por ejemplo, en Europa se dan sanciones ejemplares a este tipo de casos. Hinchas que se meten a la cancha, que golpean a un rival o que causan desorden en la tribuna son castigados incluso de por vida, nunca más dejándolo entrar a un estadio. Estas deberían ser copiadas por las autoridades correspondientes.
Para empezar esta reestructuración y evitar la violencia en los estadios, los dirigentes de los más importantes clubes deberían ponerse una mano al pecho y dejar de regalarles entradas a los barristas, que incluso se pelean hasta la muerte por estas, haciéndoles entender que su función no es sembrar el pánico sino alentar a su equipo. El fin es que la sociedad pueda vivir en paz y que el fútbol vuelva a ser un espectáculo que no ahuyente a la familia por la violencia causada en las tribunas.
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